Elara miró el calcetín. Estaba tejido con hilos de luz de luna y olía a lluvia fresca.
Era la primera vez que Elara pisaba un suelo que no obedecía a la gravedad, sino a las rimas. Al cruzar el umbral del viejo roble en el jardín de su abuela, no cayó en un agujero, sino que aterrizó suavemente sobre un campo de margaritas que pedían perdón cada vez que ella las pisaba. Una novata en un cuento de hadas
—¿Y qué gano yo a cambio? —preguntó Elara, recuperando un poco de su instinto del mundo real. Elara miró el calcetín
¿Te gustaría que de Elara o prefieres explorar cómo es el Castillo de Cristal ? Al cruzar el umbral del viejo roble en
—¡Ay! —exclamó una flor de pétalos amarillos—. Ten más cuidado, forastera. No todos los días viene alguien con botas de suela de caucho a interrumpir nuestra siesta.