La Gallinita Ponedora -

Cada vez que Canelita sentía ese cosquilleo en el nido, el granjero Manuel se preparaba con una cesta forrada de terciopelo. No era para menos, pues los huevos de Canelita no servían para hacer tortillas; eran obras de arte en miniatura. Algunos tenían cáscaras que brillaban como el zafiro, otros estaban grabados con mapas de ciudades que nadie conocía, y los más raros de todos, según contaban en el pueblo, contenían melodías que solo se escuchaban al acercar el oído a la superficie lisa. El dilema de la abundancia

El granjero, tras semanas de frustración, comprendió que había presionado demasiado a su pequeña amiga. Quitó los muros, despidió a los guardias y volvió a dejar que las gallinas corrieran por el prado. La Gallinita Ponedora

Érase una vez, en una granja donde el sol parecía bostezar oro cada mañana, vivía una gallinita de plumas color canela llamada . A diferencia de sus compañeras, que se pasaban el día cotilleando sobre el precio del maíz o criticando el canto desafinado del gallo general, Canelita tenía un secreto que le pesaba más que su propio plumaje: ella era una auténtica gallinita ponedora , pero no ponía huevos comunes. Cada vez que Canelita sentía ese cosquilleo en

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