Al amanecer, el mundo estaba en silencio. Las cenizas cubrían la tierra, pero el cielo volvía a ser azul. Kaelen la encontró agotada entre las ruinas del templo. —¿Se ha acabado? —preguntó él.
¿Te gustaría que profundice en algún o que cambie el tono de la historia hacia algo más romántico o más bélico?
Durante siglos, su linaje había contenido la oscuridad, pero los sellos se estaban agrietando.
Iereia sintió el frío del mármol bajo sus pies descalzos. En su piel, grabadas con tinta de plata, las runas del Apocalipsis empezaron a brillar con una luz dolorosa. Ella no sentía miedo, sino una furia ancestral. No había sido entrenada para morir pasivamente, sino para ser el arma que cortara los hilos del destino. La Sombra del Guardián